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Autoestima laboral. #COMPARTETUHISTORIA

Valoración. Reconocimiento. Sentirme imprescindible. Encajar. No decepcionar.

Bajo estas cinco premisas, mi vida estaba condicionada. Pero eso yo, todavía no lo sabía.

Cuando conseguí mi primer trabajo en la otra punta de España, estaba eufórica, llena de ilusiones, de expectativas, de ganas de comerme el mundo… Pero también aparecieron presiones: “Sé que puedes ser la mejor” me dijo mi padre. “Intenta no hacerte notar mucho, que luego se fijarán demasiado en ti” me pedía mi madre. “No te quejes por hacer un par de horas extra cada día, no pasa nada, eres joven” decía la gente.

En mi cabeza, conseguir mis objetivos era la única opción. Cómo iba a ser de otra forma, si ya llevaba cuatro años amoldando mi cuerpo a ideales inalcanzables. ¿Baja autoestima? Que va, solo son unos kilitos de menos.

Desde el primer día de trabajo, descubrí que en mi empresa no había límites. Todos trabajaban muchas horas, y eso los hacía mejores y más valorados (o eso creía yo). Acababa de entrar, pero yo ya tenía que demostrar muchas cosas: a mis padres que el dinero invertido en la universidad no había sido en vano y que podía ser independiente y no necesitarlos; a mis amigos de antes que vivir en Barcelona era genial, muy divertido y era muy exitosa, no podía arrepentirme; a mis jefes que era la mejor, que sabía mucho y que no los decepcionaría nunca; a mis compañeros que podían preguntarme cualquier cosa en cualquier momento y saberla, pero también ser igualmente la más divertida y fiestera.

Teniendo este punto de partida, ¿qué podía salirme mal? Nadie me conocía, podía empezar de cero con la personalidad que yo quisiera, y el cuerpo que yo quisiera, ya que nadie conocía mi yo de antes. Ya no tendría que ser la chica vergonzosa, la sobreprotegida por sus padres, la que su ex novio le puso los cuernos, la que era “gordita”… Esa Carla ya no existía.

No pasa nada si me quedo dos horas más hoy. Y mañana. Y el lunes. O si trabajo el viernes hasta las 12 de la noche y me llevo el portátil para hacer algo el sábado. Si tengo todo hecho para cuando venga mi jefe, su reconocimiento habrá valido la pena.

Tampoco pasa nada si al mediodía no bajo a comer. Y total, entre que salgo tarde de trabajar y llego a casa, ya son casi las 10 de la noche, pues por un día que no cene, no se acaba el mundo.

Voy a ofrecerme a ayudar a mi compañero. Total, no tengo nada que hacer en mi tiempo libre y nadie me espera en casa. Así lo hago feliz y yo paso el tiempo. Le caeré genial.

Ni se te ocurra levantarte la primera. Estás muy ocupada, tienes muchas cosas por hacer.

No preguntes eso, es algo que sabe todo el mundo. Mejor no digas nada, ya lo buscarás por tu cuenta. Qué vergüenza.

Qué guapa estoy cuando llevo dos días sin comer.

Mierda, ¿cómo has podido equivocarte en esta tontería? Has quedado fatal delante de todos. Eres patética. No vales para nada.

Necesito desahogarme, voy a darme un atracón. Soy asquerosa, mañana no puedes comer nada. ¿Qué quieres engordar ahora y que toda tu imagen se vaya a la mierda? Eres un fracaso. Deshazte de todo eso que te has comido ya.

¿Desagradable verdad? Mi cabeza. Mi pesadilla. Mi cárcel a diario.

Creo que no es necesario aclarar que necesité ayuda. Mucha ayuda. Y también mucha fuerza interior. Tuve que tocar fondo para poder salir a flote. Tuve que sentirme triste, desgraciada, infravalorada, decepcionante, invisible, no merecedora de cariño, fea, inservible, querer morirme.

Pero la vida no tiene que ser así. Tu vida laboral no tiene que ser así. No tienes nada que demostrarle a nadie, salvo a ti mismo.

Respeta tu horario. Acepta que no puedes saberlo todo. No eres ni más tonto ni más listo que nadie. Una vez me dijeron, que un coche de carreras no arranca en sexta marcha.

Estaba claro que ese ambiente de trabajo no era para mí. Por eso me arriesgué, y a pesar de mis inseguridades y mis miedos, conseguí otra oferta. Era todo muy incierto. Pasar de un contrato indefinido, a uno de baja por maternidad. Nadie me aseguraba nada, pero tenía que tirarme a la piscina. Y lo hice.

Pero la lucha no terminó ahí. Cuando tienes tiempo libre por primera vez, asusta. Para mí, hasta fue peor. El mundo entero me esperaba, y yo no sabía qué hacer. Me encerraba en mis pensamientos, intentando matar el tiempo para no pensar en que no había cuidado mi espacio. Ya no tenía hobbies, ni inquietudes. Y las que creía tener, me daba pánico retomarlas por no ser tan buena como antes. Miedos y más miedos. Incertidumbre. Nunca la he llevado bien.

Con el tiempo, con paciencia, idas y venidas, y de nuevo ayuda, consigues dar los primeros pasos. Imagina que eres un cactus. Al principio tendrás la luz y el agua que necesitas en tu maceta. Pero con el tiempo, el cactus no crecerá, y no crecerá porque está en un lugar cómodo. ¿Y si lo sacamos de su envase y lo plantamos en la tierra? Al principio seguro que sentirá miedo al no saber si recibirá agua, luz o nutrientes. Entonces, tendrá la necesidad de expandir sus raíces para sobrevivir. Al darse cuenta de que no tiene límites, comenzará a crecer, cada vez más grande y con frutos. Seamos ese cactus, y salgamos de nuestra zona de confort.

A veces te sentirás atascado. No importa cuán lejos hayas llegado o cuantos demonios hayas batallado en el camino. Hay algunos fantasmas que siempre volverán para asustarte. Pero podemos asustarnos sin herirnos, y los sentimientos pueden pasar sin tumbarnos. Y no tienes que dejar que tu corazón se rompa para saber que sigue latiendo. Estancarse no significa que estés yendo hacia atrás. Simplemente te estás tomando tu tiempo para volver a tu rumbo.

Por ello, cuando miro hacia atrás, no pienso en años de sufrimiento, sino de crecimiento. De sentirme orgullosa de mi misma, porque a pesar de todos los contratiempos, ahora soy mejor persona. Aprendí que la vida es solo cuestión de vivirla con alma, pasión y esfuerzo.

Me gustaría terminar este testimonio con lo que son mis nuevas premisas de vida: nunca pidas disculpas por pedir ayuda, por tomarte tu tiempo para asimilar cosas, por tus errores, por necesitar un descanso, por decir que no, por decir la verdad… Nunca pidas perdón por decir cómo te sientes. Respira, escúchate, conócete, acéptate y QUIÉRETE.

Carla.